En cuanto empiezas a darle vueltas a esto del sexo, te das cuenta de que hay mucho más de lo que nos han contado. Una de las ideas que más me gustó descubrir cómo sexólogo es el valor que se le da a la diversidad sexual; y es que, dejando de lado los buenrollismos, la diversidad de los sexos -vamos, la sexualidad- nos convierte en seres únicos e irrepetibles destinados a buscarse y encontrarse. Y esto ya lo decía Platón en su Banquete, pero como soy más friki del glam rock que de la filosofía, os dejo este enlace para que me entendáis:

Este rumbo a encontrarnos lo denominamos eros o deseo y, como el humo negro de Perdidos, puede adoptar muchas formas, pero casi siempre empieza por ese impulso que llamamos atracción. ¿Atracción ciega o pre-programada? Pues, como casi todo, mitad y mitad. Está más que demostrado que nuestra atracción depende tanto de filtros básicos (sexo, edad, salud, simetría, proporción…), como de influencias socio-históricas (véanse retratos de Rubens vs. retratos de Warhol) y de muchos otros factores que configuran nuestra idiosincrasia (peculiaridades, gustos y aficiones, la forma de hablar o de moverse…). Así que, que no os engañen, ni elegimos quién nos gusta ni todo lo contrario.

A esto quiero dedicar esta entrada. En los últimos quince o veinte años el primer puesto del podio de la atracción ha sido arrebatado a la belleza, la perfección y la superficialidad. Los cuerpos cincelados y las mentes vacías ya cansaban y salían muy caros, ahora lo friki es lo atractivo.

“Friki” (reconocido por la RAE desde 2012 y que nos viene del inglés freaky, raro) ha pasado en pocos años de la indolencia de su primera acepción (extravagante, excéntrico) a su tercera y maravillosa entrad: que practica desmesuradamente un gusto o afición. Y es que de un tiempo a esta parte ha pasado de una connotación negativa (el friki era el nerd, el hikikomori) a una connotación más que positiva (el friki es el geek, el otaku). De tal manera que hoy en día no hay pareja que no esté unida por una afición o no tenga que negociar entre el tiempo conjunto y el tiempo de cada cual con su obsesión.

Nos resulta cada vez más deseable la chica o el chico que comparte nuestros absorbentes intereses, quien se ha visto todas las temporadas de Sherlock, si juega contra nosotros en el League of Legends, quien colecciona las caras B de los álbumes de Björk o quien se conoce los fallos de tramas entre los libros y la serie de Juego de Tronos. Nuestros gustos se utilizan para seducir, se muestran orgullosamente, se comparten y compiten con los de nuestra(s) pareja(s) como si de brillantes plumajes se trataran. Y nos vamos juntos a correr una media maratón, o echamos juntas una partida al FIFA o nos disfrazamos de Khal y Danaerys para el próximo ExpoManga. Y eso está genial.

Además, esta nueva estrategia atractiva no se han rebelado contra sus antiguos represores. El puesto de la belleza, la perfección y la superficialidad ni ha desaparecido ni ha dejado de resultar atractivo, simplemente ha seguido su proceso natural y se ha convertido en otra sub-cultura, en otros frikis atraídos por ellos y ellas mismas.

Al compartir desvergonzadamente nuestros gustos e intereses con nuestra pareja o nuestras parejas aumentamos el tiempo juntos, mejoramos la comunicación, saneamos la relación manteniendo vivas nuestras aficiones al margen del otro, creamos conjuntamente algo nuevo, compartimos experiencias, vivencias e información, desarrollamos gustos por cosas que nunca hubiéramos imaginado y crecemos. En resumen creamos proactivamente, pro-creamos.

En fin. No caigas en el error fácil, tener aficiones no es negativo ni indeseable, al revés, es uno de nuestros motores de búsqueda de ese otro ser cortado. Freak is the new sexy.

Daniel Santacruz. Psicólogo y Sexólogo en Terapia y Más.

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

photo credit: Wondercon-261 via photopin (license)