Viernes por la noche. Estás solo/a en casa. Acabas de ver una película de terror en VHS. Las luces están apagadas y tu salón iluminado únicamente por el resplandor de la televisión. Y entonces, escuchas ruidos de pasos al final de la escalera.

Detente y observa los cambios que en ese instante recorren tu cuerpo. El corazón y la respiración se detienen unas milésimas de segundo para acelerarse después, aumenta la sudoración, se tensan todos los músculos, manos y pies se congelan aunque sube la temperatura, tus sentidos se agudizan e incluso pueden aparecer unas ganas irremediables de ir al baño. Es la manifestación fisiológica del miedo.

Para los especialistas en comportamiento humano, las psicólogas y psicólogos, el miedo es una emoción básica. Una especie de programa que nos viene de serie para asegurar nuestra supervivencia ante la presencia de elementos que suponen un peligro o una amenaza.

La mayoría de evidencias ubican el miedo en lo más profundo de nuestro cerebro, lo que todavía compartimos con anfibios y reptiles, y donde se encuentran los instintos más primarios: hambre, sed, sueño, reproducción, etc. Comunicado directamente con todos los sentidos, el sistema límbico y en especial, la amígdala, se encargan de poner en marcha al organismo cuando aparecen situaciones peligrosas.

En sí mismo, el miedo no es ni negativo ni positivo, simplemente es la forma de avisar al organismo que le toca: (1) huir, (2) atacar o (3) quedarse quieto. Estas son las tres estrategias que la gran mayoría de organismos del planeta activan ante la presencia de amenazas.

Imagínate de nuevo en la situación del ruido en la escalera. En cuestión de milésimas de segundo el oído ha procesado un sonido y lo ha enviado directamente a la amígdala, que tiene que activar al cuerpo de la forma más rápida posible, está en juego tu vida. Para ello, utiliza la autopista de información más rápida del cuerpo humano: el sistema simpático.

Mediante esta vía el cerebro avisa a los músculos de que es posible que tengan que ponerse en marcha para huir, atacar o paralizarse, por lo que se tensarán. Este gasto muscular demanda mucho más oxígeno, así que que circulación y respiración se acelerarán y, por consiguiente, aumentará la sudoración (y si no me muevo, sensaciones de mareo). Además, la sangre se dirigirá a mantener calientes los órganos vitales y los miembros distales (manos y pies) se quedarán fríos, mientras que cabeza y torso aumentarán su temperatura.

El cuerpo se preparará también para pesar lo menos posible en caso de una huida, por lo que es posible que los sistemas excretores se aceleren y aparezcan ganas de ir al baño (o que suceda directamente, a expresiones como “cagarse de miedo” nos remitimos). Y por último, nuestra percepción y nuestra atención se dirigirán automáticamente a la fuente de sonido para obtener más información.

Y sorpresa avis viagra g. ¡Era nuestro perro! Estaba en el piso de arriba durmiendo y ha decidido bajar las escaleras en el momento menos acertado.

La corteza cerebral, la parte más externa y humana de nuestro cerebro, se pondrá en marcha ahora y avisará a la amígdala: falsa alarma. Ahora su trabajo es volver a relajar al cuerpo y para ello, pondrá en marcha una carretera mucho más lenta: el sistema parasimpático. La amígdala avisará a los músculos que se relajen, al corazón y a los pulmones que se tranquilicen, a la temperatura que se regule y ya sólo quedará una vaga sensación de desasosiego, quizá un nudo en el estómago, mareos o un pequeño temblor muscular. Pero desaparecerá.

Acabaríamos de experimentar el abecé del miedo. Es una emoción básica y universal (nos pasa a todos y a todas), que aparece ante estímulos determinados (oscuridad, algunos animales, abismos, daños directos a nuestro organismo) y que por definición, es breve.

Lamentablemente no es tan sencillo. A medida que crecemos, experimentamos, interactuamos con nuestra familia, nuestros amigos y amigas, nuestras culturas, subculturas y sociedad moldeamos y modelamos el miedo.

Todas y todos aprendemos que este patrón de activación puede acompañar a situaciones (hacer un examen, montar en avión), pensamientos (“voy a morir”, “me va a pasar algo”) o palabras (“cáncer”, “terrorista”). Aprendemos que existen formas de quitárselo de encima (respirar profundamente, fumar, huir de la situación). Y aprendemos que esas estrategias tienen sus consecuencias positivas (quitarse un peso de encima, relajar el cuerpo, obtener apoyo de mis seres queridos, etc.), es decir, alimentaremos el miedo.

Ese programa tan básico comenzará a enredarse a medida que interactuamos con nuestro medio. De esta manera, algunas personas comenzarán a sentir miedo ante los exámenes, otras ante gente desconocida y otras ante los perros.

Hablaremos de fobias cuando este patrón de activación anteriormente descrito sea exageradamente intenso o duradero (vg. la persona entre en una crisis de pánico), se dispare ante situaciones en las que a una gran mayoría de personas no les ocurriría (vg. montar en avión, hablar en público) y/o le resulte incapacitante a la persona en relación a su medio (vg. una fobia a las serpientes en Madrid no suele molestar a no ser qué quieras estudiar veterinaria o trabajar en el zoo).

Pero a medida que crecemos y aprendemos también nos vamos dando cuenta de que la máxima expresión del miedo supone un gran gasto metabólico, por lo que hay que rebajarlo, y que esas sensaciones corporales de un miedo controlado resultan útiles en muchas ocasiones (por ejemplo, para conducir, hacer un examen o ligar).

Hablamos de ansiedad cuando su experiencia ya no es universal, si no particular y dependiente de cada cultura (vg. será complicado que un nativo masai sienta ansiedad ante la posibilidad de perder el metro); ya no es tan breve (vg. las sensaciones de la ansiedad pueden durar hasta varios días) y ya no aparece ante situaciones tan discretas, si no abstractas. Muchas veces, la ansiedad aparece ante situaciones que no saben describirse, que son muy vagas e imprecisas (“que me pase algo”, “que algo salga mal”) o que están muy lejos en el futuro (“si le digo que no, me dejará”).

La ansiedad será positiva o negativa, igual que el miedo, en función de cómo cada persona haya aprendido a categorizarla y a gestionarla a lo largo de su vida. Dos personas diferentes pueden experimentar los mismos síntomas de ansiedad ante la posibilidad de montar en tren (sudoración, pensamientos catastrofistas, fumarse tres cigarrillos) y una categorizarlo como algo horrible y salir de la estación, mientras la otra respira profundamente y toma el siguiente.

Los cambios físicos del miedo y la ansiedad son los mismos y se producen por las mismas vías simpática y parasimpática que cuando hacemos deporte o tenemos un orgasmo, y los pensamientos asociados son exclusivos para cada persona (“me voy a morir” no significará lo mismo para unos que para otros).

Es la habilidad para entender esos fenómenos como algo beneficioso o perjudicial lo que nos puede ayudar a categorizarlo como ansiedad positiva o negativa. Y si se ha aprendido, se puede re-aprender. ¿Cómo? Tendrás que venir a Terapia y Más para descubrirlo.

Disfrutad este fin de semana de una buena dosis de ansiedad positiva en el día oficial del miedo. Al fin y al cabo, son estas emociones las que nos hacen humanos.

Suspense (1961)

Daniel Santacruz. Psicólogo y Sexólogo en Terapia y Más.

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