Puede que no te hayas enterado, pero la agencia encargada de aprobar alimentos y medicamentos en EEUU (la FDA) ha autorizado este verano la comercialización de la flibanserina, también mal llamada “Viagra® femenina”. Se venderá bajo el nombre de Addyi®, y menos mal, porque vista la consideración hacia la sexualidad femenina, ya pensábamos que se llamaría DeseOn®, Inserta® o Frigidil®.

Bien, es cierto que cualquier medicamento dirigido a ayudar resulta beneficioso. Bien, vale que por fin se atienden las demandas de un gran olvidado de la ciencia como es la erótica femenina. Pero parece que la pastilla rosa es un brillante y dulce caramelo envenenado.

La pastilla no funciona

Los estudios aportados por la farmacéutica dejan bastante que desear: muestras sospechosas, falta de fiabilidad a largo plazo y una eficacia más que escasa –se habla de sólo un incremento en el “deseo” del 10% de las personas que tomaron el medicamento en comparación con las que no lo tomaron–.

Esto se debe a que, como muchos otros psicofármacos, se ha descubierto por accidente, y tiene más que ver con una estrategia comercial que con una estrategia médica. De hecho, la flibanserina se estaba estudiando como antidepresivo cuando se encontró cierto efecto secundario de aumento del deseo. Adelantando y traduciendo, el deseo para SproutPharmaceuticals –y para muchos y muchas más– se reduce a las ganas de tener un coito vaginal.

Además, como psicofármaco, tiene efectos colaterales (náuseas, fatiga) e interacciones (con el alcohol o los anticonceptivos hormonales por ejemplo).

El trastorno no existe

La falta de deseo no es un trastorno. Pese a que los manuales de psiquiatría se empeñen en actualizarlo y disfrazarlo, el trastorno por deseo sexual hipoactivo no existe.

Primero, porque todavía no comprendemos –y estamos muy lejos de comprender- cómo funciona el deseo y por qué son diferentes los deseos masculino y femenino. Obviamente, ambos deseos tienen un componente biológico claro, pero en ambos deseos descubrimos que lo que se piensa y lo que se siente pronostican mejor las oscilaciones del deseo.

problemi di erezione

Segundo, porque esta miscelánea a la que llamamos deseo seguramente tenga mucho más que ver con la biografía de cada individuo que con la falta o la sobra de unos u otros neurotransmisores y hormonas. Sólo por ofrecer algunos datos desde la epidemiología y la experiencia clínica, las mujeres y las parejas que acuden al psicólogo por falta de deseo suelen situar este problema en el marco de una relación de pareja compleja o insatisfactoria (porque ya no se aman y no son capaces de reconocérselo, porque quieren cosas distintas, porque discuten hasta por los ingredientes de una pizza), suelen identificar actitudes y creencias que nos hablan de miedos y vergüenzas (a mi cuerpo, a su cuerpo, a quedarnos embarazados, a que me deje, a que le deje), pueden tener unas habilidades eróticas poco satisfactorias (siempre hacemos lo mismo, no me gusta como me toca, no sé lo que me gusta), pueden haberse ajustado a roles inflexibles (no dejo de pensar en el trabajo o en lo que tenemos que hacer mañana), pueden estar cansados, pueden haber discutido recientemente, pueden tener un familiar enfermo crónico a su cargo… Y os aseguramos que todo eso no lo soluciona una pastilla rosa –ni una azul–.

Si a eso le sumamos, las complejidades de la demanda, puesto que desear tener deseo, supone un problema más al problema del deseo ausente, nos encontramos con que la falta de deseo tiene más que ver con el aprendizaje sexual de hombres, mujeres y parejas.

¿Y por qué se aprueba?

Pues probablemente por varias razones:

(1)  Marketing

La sexualidad vende. Comercializar una pastilla que te va a dar ese deseo, esas ganas, ese fin de discusiones, malas caras y camas en guerra es un anzuelo apetitoso. Para hacerte una idea, Pfizer ingresa con Viagra® en torno a dos billones de dólares anuales.

(2)  Guerra de sexos

Muchas organizaciones y entidades feministas en EEUU –algunas de ellas, curiosamente financiadas por SproutPharmaceuticals– se han alegrado de este descubrimiento. La Viagra® femenina ya estaba aquí, un paso más para la igualdad.

Pero cuidado, una igualdad engañosa. En el camino por ofrecer los mismos derechos a hombres y mujeres, confundimos diferencia con desigualdad. La flibanserina no funciona igual que el sildenafilo (Viagra®). Actúa a nivel cerebral, no local. Actúa a largo plazo, no a corto. E intenta actuar sobre el deseo, no sobre la práctica. Desde nuestro punto de vista, tiene más que ver con un error que puede verse en otras áreas: en lugar de feminizar a los hombres, masculinizamos a las mujeres. Y esto tiene que ver con el siguiente punto.

(3)  Medicalización

Convertir en enfermedades cosas que no lo son. El deseo de cada persona es único e irrepetible, por tanto la idea de trastorno del deseo es absurda, puesto que habría tantos trastornos como personas. Y habría que diseñar tantas pastillas como trastornos. Un absurdo.

La mayoría de la investigación y avances en sexualidad de los dos últimos siglos han estado planteados desde una lógica de hombres, y se ha descrito la sexualidad femenina en su contraposición. Como un “femenino es todo lo que no es masculino” en lugar de cómo un ente propio “femenino es, a secas” o mejor dicho ¿qué es femenino?.

¿Qué se consigue con esto? Pues el diseño de un medicamento análogo a la Viagra® masculina. La princesa rosa del príncipe azul. La pareja perfecta para encuentros eróticos automáticos: coito vaginal heterosexual, penetraciones kilométricas y acrobáticas, contacto sólo entre los genitales, penes siempre erectos y mujeres siempre dispuestas.

Olvidando una vez más que la sexualidad es mucho más, que tiene que ver el hombre o la mujer que se es, con afectos, con multitud de prácticas, con ritmos, con comunicación y negociación, con placer, con caricias y con orgasmos. En resumen, con la ventajas que ya nos ofrecía de una forma mucho más completa la sexualidad femenina.

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Georgia O’Keeffe, Amapola Roja (1927)

Daniel Santacruz. Psicólogo y Sexólogo en Terapia y Más.

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